Nunca digo adiós a nadie. Nunca dejo que las personas más cercanas a mí se vayan. Me las llevo conmigo a donde vaya.Un enemigo saluda con el sombrero y desaparece. Entonces él comienza.
Ahí en el centro del cuadrilatero una sonrisa con lágrimas es iluminada por muchísimas luces y miradas. Un sombrero de vaquero trata disimuladamente de cubrir sus ojos rojos pero es imposible. El corazón lo tiene en las manos; lo recuperó después de veintidos años de haberlo prestado a su bello público. Público que le apoyó incontables ocasiones en las que él alzaba el vuelo para caer como un simple mortal (según él).
Ninguna tumba puede contener su cuerpo.
Hermosas palabras saltan de su boca y la gente que lo rodea lo vitorea sin cesar: le agradecen, le piden que no se vayan y le vuelven a agradecer. Él sólo puede llorar y seguir hablando, incapaz de bendecir a cada uno de los millones y millones que le han visto. Hace mención a tres personas: amigo, antiguo enemigo y jefe. Perlas de cada uno.
Años y años donde fue natural, donde entregó todo por el gusto de hacerlo y del
show. Algunos lo consideran superestrella. Él dice ser un hombre más.
Su carrera en el espectáculo ha terminado pero no su carrera de la vida. "Nenas, papi vuelve a casa" dijo antes de bajarse del cuadrilatero que tantas veces le vio volar, saltar, estamparse, sangrar y sudar. Compañero silencioso que nunca lo dejó rendirse.
A metros de salirse de nuestra mirada, el amigo llega y lo abraza. Deja una señal en el suelo y se retira, comprendiendo a la perfección que es él a quien quiere el público ahora. Nos va a extrañar y nosotros a él.
Ninguna tumba puede contener su cuerpo porque su pecho está abultado del enorme corazón.